Hasta cierto punto es lógico. Las filtraciones deben ser remuneradas y los lavados de cara están a la orden del día. Nadie puede negar las consecuencias de la gestión anterior, víctima de errores millonarios, bandazos y ajusticiada por la crisis inmobiliaria. Hasta los más cercanos a Soler lo reconocen. Juan también.
La idea de comunicación del Valencia era buena. Muy buena. “Vamos a echarle la mierda a Soler y así nunca podrán señalarnos de ser los que vendimos a Villa”. No hacía falta. Todo el mundo sabe que el Valencia está en ruinas, y que urge una reforma inmediata. Urgía ya el verano pasado y éste, de manera más acuciante. Como urge vender a Silva o Mata. Sólo que por el primero, de momento, no llegan ofertas firmes y sólo rumores e intereses.
A estas alturas, no importan los motivos. No hace falta recrearse en la etapa de Soler, que ya la conocemos todos. Hacen falta soluciones. Pese a todo, la maquinaria se puso en marcha para sanear la imagen del actual consejo y liberarlo de la venta del mejor jugador de la historia del club con permiso de Kempes (que yo no lo vi jugar).
El problema es que toda esta teoría victimista se desmonta avanzada la rueda de prensa del anuncio de la venta del Guaje. Llorente, que no es un gran orador, a veces se pone nervioso y le traiciona el subconsciente. “Vamos a ver una cosa. Que quede claro que si el club estuviera saneado, esta es una venta que también hubiéramos llevado a cabo. Lo importante es sacar el máximo rendimiento a los activo que tiene el club”, dijo. Damiá le miró de reojo y se quedó a cuadros. ¿En qué quedamos? La historia dice que Llorente vendió a Villa. Y la realidad, también.
Pablo García Cuervo es redactor de La Sexta Deportes en Valencia.